Por: José Antonio Córdoba
El tiempo pasa. Atrás quedan aquellos días de frio
en la puerta de este café de Levante sanluqueño. Hoy me hayo iniciado en la
ardua tarea del escribir. Ya como si de uno de los grandes fuera, me siento
frente a una de estas mesas del café, sobre la tabla de arañazos y golpes, una
humeante taza del grano “Do Brasil” –como le gusta a Rafa, referirse al buen
café-, acompaña a unas cuartillas en blanco y la pluma.
Mirando el humo del café, me he preguntado en más
de una ocasión, si el amigo Rafa marcha en persona a aquellas tierras del Nuevo
Mundo por este buen producto de la naturaleza. No resultaría extraño verlo
subido a un asno, animal y noble, que no terco, como aquel Sancho del Hidalgo
de la Marcha, por aquellos caminos nada transitados de innumerables
dificultades y menos comodidades. Senderos juntos a grandes precipicios que te
hacen replantearte tu existencia; o por la selva, donde los sonidos te
recuerdan lo insignificante y asustadizo que es el ser humano ante lo que
desconoce; o por entre las inmensas plantaciones de cafeto, de coloridos
verdosos donde sobresalen las más variadas tonalidades de rojo, que a modo de,
se desdibujan por entre las ramas.
Tras el vario pinto viaje, alcanzaría nuestro amigo
su destino, la hacienda del productor de café, lugar donde los aromas propios
de la naturaleza han sido sustituidos, por ese, el del grano de café tostado.
De rituales vive el hombre, he aquí, que nuestro ilustre amigo ante un
saco cualquiera del grano ya envasado, cumple el ritual de turno, palmeada al
costado del saco; con el cazo en la mano, varios movimientos en la boca del
abultado saco para airear el grano, golpe en seco y el cazo introducido hasta
la empuñadura entre millones de granos tostados, con el cazo ya fuera del saco,
huele los granos extraídos con la vista perdida, quizás pensando en sus
clientes a la hora de disfrutar de tan exquisito producto, toma un puñado entre
las manos y lo estruja para dictaminar la consistencia del tueste, y con
sonrisa pícara, asiente al hacendado para que se lo remita a España, a su
Sanlúcar.
Pero más quisiera el buen Rafa, perderse por esos
mundos desconocidos. Porque él es un enamorado de la Comarca, su ratos de ocio
los dedica a visitar las casas de los buenos caldos locales, que cuando no,
pues visita las de Jerez, o el Puerto, acompañándose a la vuelta de algún buen
caldo envasado y su etiqueta que coloca en esa alacena, donde yo quisiera vivir
el resto de mi eternidad, pues ni Dios –que me perdone el Todopoderoso- cuida a
los ángeles, como mi buen cafetero cuida sus vinos y etiquetas, en ese humilde
y bello palacio que para tal fin tiene en la mencionada alacena.
Se me enfría el café, queridos amigos, otro día
les platicaré de cómo Rafa, me llevó a conocer el sacta santorum de las grandes
iglesias de la villa. Ese lugar dónde los ángeles bajan desde las alturas para
cantarles a los mortales.
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