Por: Víctor Corcoba Herrero
Me parece una buena idea que, en
un mundo globalizado como el actual, nos centremos mucho más en el tema
educativo. Por propio sentido de supervivencia, tiene que ser nuestra prioridad
como especie. Precisamente, tenemos una serie de acontecimientos que nos motivan
para pensar en la ciudadanía mundial, como es el quince aniversario del Día
Internacional de la
Lengua Materna (21 de febrero), o el fin del plazo fijado
para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, lo que ha de dar pie a
definir una nueva agenda de desarrollo sostenible, cuestión que nos exige
nuevos esfuerzos para construir un mundo más humano que, desde luego, debe
revertir en una vida más digna para todos. Por otra parte, sabiendo que la
educación que se recibe con la primera lengua, o idioma que aprende una persona,
nos marca para siempre, hasta el punto que va a ser la que nos guía en todo
momento como personas aptas para gobernarse a sí mismo, considero fundamental
reforzar y extender su aprendizaje. Sin duda, será bueno mejorar los programas
de enseñanza, pero la creación de entornos propicios contribuirá a que todas
las energías se aprovechen entre tanta diversidad. Ampliar las ventanas por las
cuales nos vemos en el horizonte, aparte de ser una tarea apasionante,
contribuye a trascender hacia la libertad tan ansiada por todos. Por ello,
agitarnos nuestra personal existencia, desde nuestro específico naciente, es
una forma de culto de la voluntad que, evidentemente, contribuirá a hacernos
mejores personas.
Hoy tenemos multitud de estrategias
pedagógicas para mirar hacia adelante; sin embargo, no siempre alcanza a la
globalidad de este mundo plurilingüe. Al día de hoy, aún son tantas las
dificultades para llegar a los más desfavorecidos segmentos de la población,
que convendría invertir más en temas educativos, un derecho humano fundamental
y un vector de avance esencial, que no puede dejar a nadie al margen. En un
momento de crisis como el actual, la educación ha sido una de las primeras
necesidades en ser recortadas o eliminadas. Además, todavía en muchas culturas
no se percibe como necesaria la educación de una niña. Asimismo, en los
entornos de pobreza, el acceso a una educación de calidad es casi un imposible.
Son en estos ámbitos donde tenemos que intervenir, predisponiendo a las mentes
que no sólo cultiven el intelecto de teóricos conocimientos, sino que también
se aviven los valores humanos. Naturalmente, nuestro porvenir está en manos de
los educadores. Lo maravilloso de aprender, no como una obligación, sino como
una oportunidad para penetrar en la autenticidad del saber, es no cerrarse a
nada y entusiasmarse por vivir. Cuánta tristeza causa ver a jóvenes, que
vencidos por la desconfianza y la resignación, no encuentran su espacio en la
vida. Se ha llegado a hablar incluso de una generación perdida. ¿Dónde está el
futuro entonces? Lo peor que le puede pasar a una especie pensante como la
nuestra es justo eso, que la juventud camine sin mentores, a su antojo y a su
deriva.
Ciertamente, una sociedad en vías de
mundialización precisa de unos sistemas educativos asentados en la convicción
de que la educación es un pilar básico para el desarrollo de la propia especie,
puesto que es esencial para reducir la pobreza, mejorar la salud y los medios
de subsistencia. Las nuevas generaciones ya son ciudadanos del mundo, y como
tales han de ser educados, para la
UNESCO, a través del uso de al menos tres lenguas, una de las
cuales debe ser obligatoriamente la lengua materna o primera lengua, lo que va
a facilitar, cuando menos un mundo más integrado, lo que refuerza el sentido de
pertenencia, facilitando de este modo una mejor convivencia. Al fin y al cabo,
somos animales sociables, con la inclinación a entendernos para poder convivir
con los seres de nuestro propio linaje, a través del lenguaje, como el gran
instrumento y lazo de unión entre todos. De ahí, la importancia de esa
prioridad educativa, encaminada a obtener lo mejor de cada ser humano, al menos
para su continuidad de supervivencia. “¿Qué otro libro se puede estudiar mejor
que el de la humanidad?”, se interrogaba el inolvidable pensador indio Mahatma Gandhi. No le faltaba razón, pues,
o aprendemos unos de otros con la cortesía y el respeto preciso para una sana
convivencia, o el mundo la enseña con el látigo del rey de la selva. Nunca fue
fácil el aprendizaje de la concordia. Quizás sea preciso instruirse para
conocernos, pero sobre todo templar el alma para reconocernos, y es desde el
reconocimiento como uno sirve a los demás, sin pensar únicamente en sí mismo.
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