Por: José Antonio Córdoba
“Dos minutos, amigo mío, dos minutos entre ponerte
el café y traértelo, y tus ronquidos han despertado al buen párroco de la
Iglesia Mayor…” Me había tomado el café y tras ello, salí del local,
deambulando por las calles con esas palabras aun rondándome por la memoria.
Aunque el cansancio y la falta de un buen sueño,
parecían hacer estragos en mi cuerpo, dudaba mucho que se hubieran apoderado de
mi mente. ¡No estaba loco, ni camino de ello!
Encaminé mis pasos hacia la ribera casi al lento
ritmo del atardecer, que cuando vine a reaccionar, me hallaba frente a la
puerta del único bar del aquella planicie de arena limpia, ─depósito
de cientos de años de las corrientes de este bello Betis, que roba la arenas de
las montañas y las deposita a los pies de la villa de Solucar─, donde
marinos, corsarios y gentes de dudosa reputación bebían, hablaban y de mujeres
se saciaban. La mala fama del lugar traspasaba las campiñas de la villa. Pero
aun así, entré, necesitaba una copa en un lugar donde no se me recordara,
además, buscaba soledad. Aunque mi presencia no pasó desapercibida, pude llegar
a la barra pedir una botella de lo que se supone manzanilla y tomar asiento
junto a una de las pocas mesas que por el salón había. Seguía en mis trece, no
dejaba de escuchar aquellas palabras. ¡Todo parecía tan real!
Una sombra oscura se proyectaba sobre la arena, que
hacía las veces de suelo en aquel antro. Un hombre corpulento, de gran
estatura, destacando por encima de la clientela habitual de aquel lugar, había
entrado en el local y me observaba. Una gran capa de un marrón oscuro le cubría
de cuello para abajo. Sin mediar palabra tomó asiento junto a mí. La
manzanilla de aquel local era fuerte de narices, pues ¿no se me asemejaba aquel
individuo a uno de aquellos marinos de siglos pasados, de aquellos que hacían
las Américas? ¡Joder!
El mesonero, se apresuró a pasar un trapo sobre la
tabla destartalada que hacía las veces de mesa y poner un vaso con una botella
sobre la misma. Cuando el mesonero se dio la vuelta, mi acompañante cogió mi
botella y mirándola al tras luz, comentó mientras me miraba ─aún no es
tarde, amigo José Antonio─ y acto seguido vació el contenido sobre la arena.
─Creo que los langostinos no se lo
van a agradecer─ fue lo único que salió de mis labios.
Después dejé de ser el anfitrión, para convertirme
en el invitado. El caldo de la otra botella ya era otra cosa, y lo degusté sin
quitarle la vista a quien me invitaba.
Tras remojar su garganta con un primer vaso,
mientras llenaba el segundo, comenzó a contarme una historia, que pronto dejó
de serme fantasiosa, al ver que conocía detalles de mi sueño –ese que me había
llevado hasta allí– Según mi interlocutor, alguien había roto el orden
establecido. Existía un individuo con la facultad de visitar distintas épocas
en el tiempo. A cada palabra suya, más expectación provocaba en mí, ¿orden
establecido?, ¿visitar distintas épocas en el tiempo? Al intentar despegar mis
labios para preguntar, un gesto suyo me indicó severamente que guardara
silencio, y así lo hice.
Mi anfitrión continuó relatándome una historia, que
se iniciaba en un época tan remota, que creo no haber escuchado que existiera.
Como si pudiera verlo in situ, en mi mente se iban formando las imágenes de lo
que mis oídos escuchaban. Mis ojos debieron de iluminarse, pues de pronto la
voz de mi interlocutor se apagó y al volver mi mirada hacia él, una sonrisa
burlona se dibujaba en su boca, a la vez que asentía con la cabeza. Aquél
extraño estaba describiéndome con todo lujo de detalles, el suceso del que fui
testigo –en mis sueños- frente a las Covachas, pero el prodigio vino cuando
detalladamente hablaba de cómo se accedía a la gruta oculta en el interior de
aquella arcada…
No hay comentarios:
Publicar un comentario