Por. Víctor Corcoba Herrero
En el fondo de los
días quedan prendidos los deseos.
Las noches me pesan
como losas.
Con el silencio
nacen los poemas como quien suspira.
Es el momento de
pensar tan alto que me trasciendo.
Sobre el árbol del
recuerdo las rosas encarnadas
tejen abecedarios que
son puñales para el alma.
Quisiera ser un
ángel y aguardarte en cada esquina.
Quisiera ser un
poeta y eternizar nuestro amor.
Quisiera ser tu
aire y respirar tu primer verso.
Quisiera ser tu
camino para salvarme y salvarte.
Quisiera ser, al
fin, tu morada para mostrarte quien soy.
Porque ahora somos
lo que nunca hemos querido ser.
Maldigo tu desamor
hacia mí que no merezco,
quisiera injertarte
la vida que vivimos compartiendo,
volver a los
cantares que respiramos,
volar por entre las
madreselvas del tiempo
y resucitar tan
vivos como ayer de esta inicua visión.
La dicha fue un
sueño, pero la realidad son tus espinas.
No me indignes con
tu odio,
sino puedes
dignificarme con tus caricias.
Tampoco me honres
con tus palabras
a quien no podrías
honrar con tus acciones.
Cuánto más pequeño
es el corazón más rencor hospeda.
Sin embargo, yo he
aprendido a perdonar con amor.
A pesar de que
hayas rotos tantos vínculos.
El de un padre con
sus hijos
El de unos abuelos
con sus nietos.
El de un enamorado que
vive por su amada.
Por eso, tantas
veces he querido recuperarte.
He sido capaz de
todo y tú has sido capaz de matarme.
No olvides, de
ningún modo, que aún muerto
mi corazón te
seguirá enhebrando versos
y traspasando
latidos como si fuese tu aliento.
Ni la ausencia ni
el tiempo son nada cuando se quiere.
Ojalá halles la
palabra exacta
y reencuentres el
espacio preciso para ser tu misma.
Me temo que no has
tenido la libertad necesaria
para ser dueña de
ti, de tu propia vida,
pues si en verdad me
querías como me expresabas,
el amor no finaliza
de la noche a la mañana,
se dona siempre, tampoco
se desdice, nunca se venga,
porque no entiende
de leyes, sino de pensamientos.
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