Por: Víctor Corcoba Herrero
Cuando
miro hacia atrás, hoy, en estos momentos de mi corto pero intenso tiempo de
divorciado, donde mi etiqueta de hombre me ha llevado ─como un envase vacío─ a
deambular por las aceras sin rumbo.
Hoy
comprendo que mal uso he hecho del concepto de amistad, cuan ligero
despropósito he puesto en dicha palabra y sus efectos. Más no puedo dejar de
comprender hoy, ahora, rondando la medianoche de un jueves camino de un viernes,
finales de marzo, que he sido consecuente con el uso “generalizado” que la
sociedad hace de él.
Amistad,
como soledad, son esencia de nuestra personalidad, más nos hemos desprendido de
ellas, y de la primera, la hemos convertido en arma arrojadiza y paraguas de múltiples
conveniencias. De la soledad, pues cual leproso el que en ella vive.
Pero
no ha mucho en el tiempo, que empecé a hablar con alguien. Situaciones de la
vida, personales, a veces nuestras, a veces ajenas, pero todas, de la vida
misma.
Más
cuando hace unas noches, tras nuestra plática esporádica, a más que poníamos
nuestros sentimientos, preocupaciones y dolores sobre la mesa “más reclinábamos
nuestra cabeza en el corazón del otro”, nació sin darnos cuenta la amistad. Esa
de “nada te pido, nada te doy”, pero que a la vez nos dábamos lo justo y
necesario, un oído, un silencio, una palabra, una ironía, un consuelo y muchas,
muchas risas.
Ella,
¡si es una mujer!, ha sabido escucharme, ha sido capaz de frenarme en mi caída,
con una frase que en su momento no di importancia, pero que en las horas de
soledad, lectura y reflexiones, me ha estado acosando: «no quiero que escribas de penas, tristezas o llantos, tú está por
encima de eso…» Y conste que minutos antes la había recriminado ─cariñosamente─
en público.
Es
gracias a personas como ella, que uno descubre que no está “solo”, y lo que es más
bonito, que como hombre, no lo he hecho todo mal, y que me siento afortunado
por ser padre, de tres niños maravillosos. Como ella me dice: «¡Pepe, los hay
peores!»
En
mi artículo anterior, hacía referencia a las estrellas fugases, ella, no es
fugaz, puesto que no se ha cruzado anteriormente en mi vida, ni ahora lo hace, pero
es esa estrella que aún en la distancia da luz y calor.
Ella
es humilde, madre, guapa, pareja de su pareja (Deux Volt, ab imo pectore), pero
es humana, es ejemplo de persona, y como los/as buenos/as, sufre las
consecuencias de la vorágine de esta sociedad sin valores y sin respetos. Ella
también ha sido testigo en primera persona del despropósito que muchos hacen
del concepto AMISTAD.
Pero
me ha demostrado que no necesitamos más que una candelá y ganas de sentirnos
arropados, para entendernos y sobrevivir.
A
ella, estas mis letras, quizás burdas o toscas palabras, pero una vez me juré
agradecer en vida lo que no podré en la otra.
Somos
libres, sin etiquetas, sin condicionantes y ella como yo, nos hemos sentado en
una piedra del camino, tranquilamente a observar los detalles bonitos de la
vida.
Por
ti, mi querida amiga, porque (¹) la amistad es bonita.
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