Por: Víctor Corcoba Herrero
Las cadenas de la explotación física,
monetaria, sexual y psicológica, encadenan actualmente a multitud de seres
humanos, especialmente los más indefensos, conduciéndonos a una humillación y
deshumanización tremenda y terrible. Por otra parte, cada día somos más
esclavos de nosotros mismos. Sólo hay que abrir la ventana del corazón y
presenciar las sumisas miradas, entristecidas y verdaderamente hundidas, desde
el horizonte de la libertad. El sistema trazado por los poderosos suele
denigrarnos, porque no deja a la persona libre que cohabite para el bien
colectivo en igualdad y fraternidad. Todo nace como muy impuesto. O sí, o
también. Hay que respetar la convicción de todo ser humano. La vida de cada
cual es una propuesta, no ha de ser una coacción. Evidentemente, la obediencia
sin la autonomía de la persona es un camino de servidumbre, de dominación, que
hasta nos marca los tiempos para nuestras propias relaciones humanas. La
relación entre amo y esclavo siempre ha sido tirante, hoy tenemos otros tipos
de dependencias, no menos crueles y tan esclavas como las de antaño, quizás más
impersonales, pero que están ahí, en cualquier esquina del mundo, en término de
trata de personas, trabajos forzados, prostitución, explotación de órganos, y
un sinfín de atrocidades que están presentes a gran escala en todo el planeta,
incluso como turismo.
Por eso, veo bien que cada año,
el 25 de marzo, el Día Internacional para el Recuerdo de las Víctimas de la
Esclavitud y de la Trata Trasatlántica de Esclavos, se nos brinde la
oportunidad de honrar y recordar a todos aquellos que sufrieron y murieron en
manos de un abominable sistema de esclavitud. Sirva, pues, esta conmemoración
para desenmascarar aparentes costumbres aceptadas que nos dejan sin aliento,
para levantar el estandarte de los valores humanos. Desde luego, la visión
liberadora del ser humano tiene que ser prioritaria en todos los gobiernos del
mundo. Se estima, según Naciones Unidas, que un tercio de los más de quince
millones de personas que fueron vendidas como esclavos procedentes de África
por medio de la trata transatlántica de esclavos eran mujeres. Las hembras esclavizadas
llevaban una carga triple: además de soportar las duras condiciones de trabajo
forzoso como esclavas, sufrieron formas extremadamente crueles de
discriminación y explotación sexual por su género y color de piel. Por desgracia,
en los últimos tiempos, observadores de organismos internacionales han
subrayado en sus informes el incremento de actos de tortura, violación y
esclavitud sexual, conversiones religiosas forzadas y el reclutamiento de niños
para combatir. Todos estos hechos nos induce a pensar que nuestra relación de
fraternidad como especie está profundamente herida. Nuestra inseguridad es
manifiesta lo que nos impide volar, ser nosotros mismos. En nuestro corazón
anidan tantas opresiones, que esta sociedad ha empezado a dejar de ser humana.
Algo desmedido nos sobrepasa. Debiéramos tener la bravura de proclamar otra
cultura menos sectaria, más protectora de una vida respetuosa y emancipada.
Rescatémonos para la libertad. Hagámoslo
cultivando el respeto y haciendo justicia. Ciertamente, vivimos momentos
aborrecibles, que pisotean los derechos fundamentales y aniquila la propia
dignidad de la persona. Hoy como ayer, aún hay ciudadanos que nacen marcados
para la esclavitud, a pesar de que la comunidad internacional adoptase diversos
acuerdos para poner fin a este vasallaje necio y absurdo. ¿Cuántas veces la
ciudadanía es tratada como un mero objeto que no piensa? ¿Cuántas vidas humanas
se les impide ser ellas mismas? Mujeres y hombres son privados de libertad como
en otra época, mercantilizados, reducidos a ser propiedad de otros, por la
fuerza, el engaño o el adoctrinamiento psicológico. Para colmo de males,
multitud de redes utilizan habitualmente las modernas tecnologías informáticas
para embaucar a mujeres, jóvenes y niños en todas las partes del hábitat. Tanto
es así, que ciudadanos de todas las culturas están dispuestos a llevar a
término cualquier hazaña, por horrenda que nos parezca, con tal de
enriquecerse. El dios dinero todo lo ciega y todo lo puede. Urge, por
consiguiente, derrotar este tipo de ataduras, lo que requiere coraje, pero
sobre todo mucha paciencia y mayor perseverancia. La indiferencia, tan propia
del momento actual, no puede sustraernos a la acción. Se precisa un esfuerzo
conjunto y también global, por parte de todos los lideres que nos guían y de
los agentes que conforman los estamentos sociales.
Es hora de estimular las
conciencias, de cooperar para poner fin a este tipo de plagas del ser humano
contra sí mismo. No hace mucho el Secretario General de la ONU decía que
"la búsqueda de la felicidad es una cuestión seria y aseveró que uno de los
fines que persigue Naciones Unidas es crear condiciones para la paz,
prosperidad y vida digna de todos los habitantes de la Tierra". Obviamente,
el objetivo radica en que cada persona pueda disfrutar libremente de sus
derechos inherentes, lo que genera un clima de armonía. Para ello, quizás
tengamos que romper grilletes y establecer otros empujes más liberadores del
ser humano como tal. El placer de vivir en paz, consigo mismo y con los que le
rodean, ha de ser extensivo a toda la humanidad. Por desdicha cohabitan
demasiadas prácticas deshumanizantes. Veíamos recientemente que las marchas por
la dignidad volvían a tomar cuerpo en ciudades como Madrid. Esto debiera
hacernos reflexionar a todos, si cabe aún más a los dirigentes, propiciando un
mayor esfuerzo para erradicar todas las formas contemporáneas de la esclavitud.
Dicho esto, me parecen bien los gestos, y que se inauguren cuantos más monumentos
mejor para honrar a las víctimas de la tiranía. Indudablemente el "Arca
del retorno", construida en la Plaza de los Visitantes, en la sede de las
Naciones Unidas en Nueva York, al menos al verla nos sensibilizará del terrible
legado de la trata de esclavos.
Sin duda, al recordar este
brutal pasado y enaltecer a las víctimas removerá nuestro compromiso de poner
final a cualquier hegemonía que nos corte las alas. Por ley natural, todos los
seres humanos requerimos vivir en un mundo libre del racismo, con igualdad de
oportunidades y derechos para todos, y
también con las consabidas obligaciones. Ahora bien, pese a la generalizada
opinión contraria a cualquier sometimiento, continúa siendo corriente las
prácticas de tipo esclavista. Habría que romper el silencio y activar una
cultura más humanitaria, (fraternalmente humanizada), para que no se repitan las
violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Reconocidos o anónimos, esas
personas que se baten contra la intolerancia y la injusticia, demuestran con su
valentía que no hay fuerza más poderosa que la lucha por la dignidad humana.
Algo que parece no estar previsto en este globalizado mundo de intereses
mundanos, donde se hiere a un ciudadano en su dignidad y, esta misma sociedad,
permanece pasiva ante el crimen. Aún estamos a tiempo de rectificar, de dejar
de ser como una piedra, para ser los artífices de una renovada ciudadanía
solidaria y fraterna. Lo que no podemos es continuar siendo cómplices de este
mal y quedarnos tan serenos. Al final, la factura por este abuso nos la pasarán
a todos. Con razón, nosotros mismos somos nuestro peor enemigo. En lugar de
derrotarnos en inútiles contiendas, que no conducen más que a la destrucción;
avivemos, de una vez por todas, el compromiso de salvaguardia del linaje. Nos
lo agradeceremos.
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