Por: Víctor Corcoba Herrero
Siempre hay un motivo de acción
de gracias, aunque sólo sea por vivir y dejar constancia. Asimismo, constantemente
cohabita la necesidad de intimar con nosotros mismos. Al fin y al cabo, somos
un abecedario de sensaciones e interrogantes. La exploración es innata con el
ser humano. Vivimos entre la creencia y la increencia, entre la contradicción y
la búsqueda, entre la mística del gran sacrificio del Calvario y la victoria de
la Resurrección
del Crucificado, entre el ser y el no ser, entre el instante preciso y la preciosa
eternidad. En cualquier caso, el mundo necesita con urgencia abrir las vías de
la justicia; y , para ello, sus moradores han de ponerse al servicio
incondicional de unos y otros, sin que nadie quede excluido ni como vencido ni
como vencedor. La cuestión es fraternizarse para renacerse.
Tantas
veces hemos fracasado en conciliar la ecuanimidad con la autonomía de la
persona, que en el planeta se acrecientan las mayores desigualdades. Muchas
naciones viven hoy en día la peor crisis humanitaria de nuestro tiempo. El peso
de la desesperación que sufren vidas humanas es tan cruel e inhumano que debiera
hacernos reflexionar. Tenemos que comprender a nuestros semejantes, a que el
ser humano es lo único importante, y que no se deben establecer fronteras, ni
tampoco frentes, entre ciudadanías.
Donde
no hay solidaridad no puede haber justicia. Hemos llegado a unos extremos de
ingratitud sin precedentes. Deberíamos dejarnos cautivar por el sosiego para
crecer en pensamiento. Ha llegado el momento de respetar las conciencias de
cada uno y de activar las energías suficientes para procurar el bien colectivo.
Solamente el esfuerzo armónico de todos puede disipar este aluvión de horrores
que nos sorprenden en cualquier esquina del orbe. En este sentido, el Cristo
que camina durante estos días por las calles del mundo es todo un referente,
puesto que nos dio ejemplo con su vida. En ese Crucificado se puede aprender el
ejercicio sublime de este amor y de esta efusión de gozos; porque es algo que
nace desde dentro, sin necesidad de maquillaje. Nos ha traspasado el alma tanto
dolor; pero al fin, la luz del Resucitado nos trasporta hacia un horizonte de
esperanza y consuelo.
No
hay mayor alivio que practicar entre sí la amistad como un auténtico hermano
penitente, y máxime, cuando soportamos un mundo de injusticias que nos desbordan.
Cada uno de nosotros sólo será justo en la medida en que cultive la verdad, en
que viva donándose, reconciliándose consigo y con todos, en que haga lo que le
dicte su conciencia, despojado de doctrinas mundanas, poniéndonos decididamente
en acción, bajo el impulso del intelecto y al servicio del amor. Amar es lo que
nos distingue y nos hace prodigiosos. Es lo más hermoso a descubrir. No lo
olvide.
Encandilados
a esa pasión por el deseo de amar, nos haremos más fácilmente cargo de este
aluvión de inmoralidades sembradas. Y así, repararemos el verdadero sentido de adhesión
y de la confluencia fraterna, abriéndonos de este modo a la solidaridad, e incluso
nuestra propia muerte se convertirá en una puerta de esperanza. O al menos de
luz. La coherencia, de solo predicar aquello que se practica, nos traslada
cuando menos a un espacio real de ilusión. Todos necesitamos, en algún momento
de nuestra existencia, alguna ayuda. Lo fundamental es socorrer, madurar y crecer
feliz, por muy adversas que nos parezcan las circunstancias.
Dejémonos
que la fuerza del amor encarrile nuestras vidas. A propósito, decía San
Agustín, que "quien toma bienes de los pobres es un asesino de la caridad
y que quien a ellos ayuda, es un virtuoso de la justicia". Buen
recordatorio para un tiempo repleto de hipocresías. Sí ese Cristo, en procesión
por el mundo es nuestro modelo, instemos por medio de Él, la paz para el mundo
entero. Pero, claro, esa concordia alberga en su interior la construcción de
una sociedad equitativa. El ser humano armonizado con su mismo linaje, siente
esa llamada de auxilio como algo natural, y no ve en su misma especie a un
contrincante o un enemigo. Esta es la gran asignatura pendiente. Volvernos
familia para todos gozar de igual e invisible dignidad. Teniendo presente todo
esto, es fácil entender que la fraternidad no requiere de justicia, porque ella
misma es un acto justo, y, por consiguiente, un cauce para la paz, sustentado
por el amor de amar AMOR.
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