Por: Víctor Corcoba Herrero
Somos de Dios y a Dios hemos de
volver.
Nos sueña tanto que se desvive por nosotros.
Es nuestro soplo, nuestra vida, vive con nosotros.
Ha de tener su recuerdo en nuestra existencia.
Precisamos de su memoria para enhebrar los pasos.
También de su morada en nuestro caminar día a día.
Necesitamos de su luz para esclarecer las sombras.
Requerimos su fuerza para no caer en el desconsuelo.
Que la tristeza no viene de Dios, viene de nosotros.
Por muchos golpes que recibamos, ¡levantémonos!
Renacerse y rehacerse va en el espíritu humano.
También es propio de un caminante, descansar.
Hemos de meditar para liberarnos de ataduras.
Al fin, una conciencia liberada, es la mejor brújula.
Cuando todos te abandonan, el Creador permanece.
Dios siempre nos mece y eso nos alcanza.
Nos basta su paz, nos sobran las palabras que no son.
Despojarse de mundo hace florecer al cielo.
Restituirse, para ser capaz de amar y de ser amados,
nos hace más perfectos, más de Dios también.
No hay mayor gloria que un corazón desprendido.
Por eso, cuando los humanos se aman por amor,
todo se embellece, ¡y Dios lo celebra con esperanza!.
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