Por: Víctor Corcoba Herrero
Decía
el inolvidable poeta, novelista y ensayista mexicano, Amado Nervo, que tan
importante como el pan de cada día, era la paz de cada jornada, sin la cual
hasta el mismo mendrugo nos resulta amargo. Ciertamente, no le faltaba razón.
Hemos sido creados para la armonía, para vivir dependientes de lo armónico,
aunque cada día fabriquemos más armas, y nos reinventemos nuevas intimidaciones
en lugar de sembrar sonrisas para unir corazones. Es una realidad, por otra
parte, que cada día nos perdonamos menos y cultivamos más la venganza. Nos
hemos vuelto guerreros y hasta alzamos contiendas contra nosotros mismos para
fortalecer nuestro altanero y personal yo, sumido en la posesión permanente y
sin donación alguna. Practicamos la mentira y nos las creemos como verdad.
Cultivamos la palabra y la usamos como espada en vez de utilizarla como abrazo.
Surcamos mundos y ejercemos la indiferencia en cada esquina. Andamos crecidos
por el miedo, la avaricia, la envida, el odio y el orgullo, sin hacer nada por
eliminarlos de nuestro horizonte existencial. Somos así de necios, y la necedad
es lo que la levadura para la masa en este tiempo de incertidumbres. Con estas mimbres
dentro de cada uno de nosotros, de nada sirva soñar con la paz de cada día,
sino ponemos nuestro corazón al servicio de nuestros análogos.
Decididamente hay que poner todo
el intelecto al auxilio del que nos pide un poco de ternura. Ahora bien, antes
que en ningún sitio, hemos de buscar el sosiego en nuestro interior. Tampoco
vale buscar la paz en el exterior, sino la hallamos en nuestras propias habitaciones
interiores. Tenemos que reencontrarnos, vivir mucho más interiormente, crecer
como personas, abandonar cualquier actuación nuestra de intolerancia y
discriminación, si en verdad queremos construir un mundo más habitable. Todos,
sin excepción, estamos llamados a generar un clima de convivencia, y no de
conveniencia, por consiguiente más del espíritu que del cuerpo, más de la vida
que de la muerte, más del orden innato establecido que del jerárquico dictado
por los poderosos. Nadie tiene potestad para excluir a nadie. Somos necesarios,
únicos e imprescindibles cada cual consigo mismo. Precisamos hablarnos todos
con todos. Nadie ha de ser enemigo de nadie. Por desgracia, nos hemos
acostumbrado a predicar mucho sobre la paz, pero al final ni creemos en ella,
ni tampoco trabajamos a jornada completa y mucho menos sinceramente para
conseguirla. Aunque la simpleza nos domina a su antojo, quizás algunos sí se la
crean, me refiero a las fuerzas de mantenimiento de la paz, a los Cascos Azules
que trabajan en los rincones más peligrosos e inestables del planeta. Ellos sí
que se merecen nuestro recuerdo, también nuestro brindis, el 29 de mayo de cada
año es su día, el Día Internacional del Personal de Paz, por su tesón y
constancia, por su referencia y referente, por su coraje y por su heroicidad;
por hacer, en definitiva, un mundo más humano.
Estos héroes de la esperanza
(los Cascos Azules) saben bien que cuando dos se abrazan de corazón, el mundo
no sólo se llena de gozo, también se propaga este entusiasmo y nace un nuevo
mundo. Nos hemos acostumbrados a levantar demasiados muros y no suficientes
puentes. Requerimos menos divisiones y más unidad, no uniformidad, pero si
unión de latidos diversos para que se armonice la noche con el día, la llama
con las sombras, la frialdad con la gratitud, y hasta la gratuidad con el costo.
Al final necesitamos de la poesía para todo, para iluminarnos y calentarnos,
para recrearnos y redimirnos, para ser
más auténticos y más buscadores de la verdad, que es el mayor bien que los seres
humanos pueden desear en esta vida. Sin la veracidad nada permanece, por eso es
fundamental educar bajo el horizonte de una certeza a transmitir, de lo
contrario no hay educación. El efecto de las falsedades ya los sufrimos en
nuestra propia carne, y así no nos embellecemos, más bien nos aborregamos. Por
eso, quizás más que nunca, necesitamos estas fuerzas de verdad que luchan por
mantener la paz arriesgando su propia existencia. Desde el comienzo de estas
misiones de Naciones Unidas, más de 3.300 cascos azules han dado su vida por la
paz, de los cuales 125 fallecieron el año pasado. Ante estos soñadores de la
paz, portadores de un cielo azul, pienso que contribuir eficazmente a un futuro
de paz es el más sublime quehacer que nos podemos injertar en nuestro paso por
esta vida.
El futuro es nuestro y la
protección de toda vida ha de ser la primera finalidad de cualquier misión de
mantenimiento de paz. Nos merecemos vivir y también nos merecemos, por
exclusivo sentido natural de supervivencia, ser asistidos por nuestros
semejantes ante cualquier contienda. Por eso, de cara a ese porvenir, el
mantenimiento de estos ángeles de la vida son vitales para superar algunos de
los más destructivos conflictos mundiales. Precisamente, este año que coincide
el Día Internacional del Personal de Paz, con el setenta aniversario de la
creación de las Naciones Unidas, lo que debe avivarnos, no únicamente a brindar
la oportunidad de rendir un tributo a la significativa aportación de los Cascos
Azules a la historia de la citada Organización, sino también para reafirmar un
compromiso de toda la humanidad para que
su impacto aumente en el futuro. Nosotros mismos, cada cual consigo, somos
nuestro peor enemigo. No lo olvidemos. Nada puede destruir a la estirpe humana,
excepto la estirpe misma. De ahí, la importancia de asimilar de que nada de lo
que ocurra a un ser humano, por insignificante que nos parezca, nos debe
resultar ajeno. Y en este sentido, tras muchos años de sacrificio y esfuerzo,
estas misiones emblemáticas, -como reiteradamente ha dicho el Secretario
General de Naciones Unidas-, se han ganado un lugar como símbolo de esperanza
para millones de personas que viven en zonas sacudidas por la guerra.
Realmente necesitamos vivir de
la ilusión, sin obviar por supuesto los recuerdos, puesto que el corazón de
todo ser humano alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que es
inherente un anhelo poético de comunión con sus semejantes. Hay un denominador
común, que no es otro que el de acogernos y querernos, porque somos seres vivos
en permanente relación. Jamás seremos felices encerrándonos en nosotros mismos.
Hemos de hacer comunidad, y el mundo está muy bien que se globalice, pero lo
primordial es que se fraternice, y comparta el destino de la unidad desde lo heterogéneo.
Ahora bien, es primordial cambiar los lenguajes, comprometerse por despojarse
de poderes perecederos y ser más luz en el horizonte. Si en verdad queremos
edificar un mundo feliz con unos moradores gozosos, hay que tomar una
determinación firme, perseverante y verdadera, empeñarse por el bien de todos,
por universalizarnos con el deber de solidaridad, lo que exige que las naciones
ricas ayuden a los países menos desarrollados. Al fin y al cabo es un deber de
justicia social hacerlo. Verdaderamente, la providencia nos ha dado el sueño,
ahora nos resta a los humanos hacer que esa visión de ensueño nos fraternice
con una igualdad de esperanzas en el logro de nuestros fines. Bajo este anhelo
del ser humano unido, la paz es posible, porque es una virtud, un estado del
alma, una disposición a la comprensión, a la benevolencia, al respeto por
nuestro específico linaje. Así pues, considero que toda actividad humana ha de
ser menos competitiva y si hay algo por lo que ha de distinguirse es por ser
una actitud de servicio hacia los más débiles. La donación es el alma de esa
fraternidad que, a mi juicio, es lo que construye la armonía de la que todos
hablamos, pero con la que pocos soñamos para desgracia nuestra.
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