Por: Víctor Corcoba Herrero
Hoy más que nunca el ser humano
tiene necesidad de adentrarse en si mismo, de hallarse con la verdad, de
conocerse y de reconocer su verdadera historia. Nuestra cultura actual ha
perdido la percepción por el espíritu. Cohabitan demasiados vacíos entre
nosotros. En ocasiones, el rencor nos impide debatir y comprometernos unidos.
Bravo por aquellas instituciones que se dejan la vida por aproximarnos. Personalmente,
lo agradezco de corazón. A propósito, Naciones Unidas, en su tiempo y ante la dificilísima
tarea de promover el recuerdo y la reconciliación, declaró las fechas ocho y
nueve de mayo, en virtud de la celebración del sexagésimo aniversario del fin
de la segunda guerra mundial, conflicto que causó una aflicción indecible a la
humanidad, tal y como figura en la propia Resolución aprobada por la Asamblea General
el 22 de
noviembre de 2004, al menos como un momento para la reflexión.
Reflexionar,
y tomar las pausas necesarias ante los acontecimientos, siempre ha sido un acto
de buen hacer, máxime para desenredar los nudos que la propia vida conlleva.
Ciertamente, tenemos el deber de contribuir a mejorar la convivencia y a no
rendirnos. Tampoco debemos permitir que las victimas de tantas atrocidades que
nos circundan sean sólo una mera estadística. Esta es la luz que debemos
avivar, la de recuperar nuestras propias esperanzas, precisamente por la crisis
de valores en que nos encontramos. Nosotros, cada uno de nosotros, valemos lo
máximo. De ahí, lo importante que es salir al encuentro de los excluidos, de
los olvidados, y de aquellos que necesitan, no sólo comprensión, también
consuelo y ayuda. La defensa de los derechos humanos tiene que ser una
prioridad para todos los gobiernos del mundo. Lamentablemente, son muchas las
personas a las que no se les presta atención alguna.
Por
otra parte, vivimos tiempos, propicios para la amenaza permanente. El horror es
una crónica diaria por todo el planeta. Por consiguiente, hemos de animarnos a
poner empeño en los acontecimientos históricos, como éste que permitieron crear
las Naciones Unidas para reservar a las generaciones venideras del flagelo de
la guerra. Todas las controversias han de resolverse por medios pacíficos.
Tenemos que hacer posible que así sea. A mi juicio, el papel de las Naciones
Unidas es fundamental para restablecer el hermanamiento entre culturas y
superar los dolorosos recuerdos del pasado. Con las guerras todo se destruye.
Por eso, cualquier motivo es bueno para infundir en toda la ciudadanía un
espíritu de concordia, transformando nuestros afanes bélicos en instrumentos de
alianza, nuestros recelos en confianza y nuestras intranquilidades en
compasión. Además, para desgracia de todos, algunos ciudadanos se les viene
adoctrinando para la lucha, hasta el punto que rechazan cualquier destello
armónico.
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