Por: Víctor Corcoba Herrero
Antes de habitar en
el recuerdo,
mucho antes de
recluirme en el olvido,
y antes de internarme
en el no ser;
mucho antes de
deshacerme de mí,
y antes de nadar en
la nada de un lecho,
tan triste como
abandonado;
aspiro a ser un latido
que vibre y estremezca,
un cauce que encauce
el mañana y el después,
una brisa que
trascienda el alma y la encienda,
una poema que cautive
el silencio y lo active,
un mar que encandile
soledades y las alumbre,
un fuego que
encienda la eternidad con el amor.
Porque el amor es lo
único que nos salva, ¡amémonos!
Vivir sin la luz es tan
desolador como amargo.
Más allá de la
ausencia, vivimos en la nostalgia.
Al vivir sentimos que
nos tocamos y nos queremos.
Somos algo grandioso
y glorioso como el verbo.
Sublimados por Dios, en
Dios somos, por Él estamos.
Quiero perpetuarme en
el verso, ser su poesía.
También deseo ser el
abecedario de tus ojos
para dormirme en la
mirada más humilde y recrearnos.
Quiero recogerme para
ver y sentir que soy.
Al fin quiero querer
conjugarlo todo,
el pasado con el
presente,
la vida con lo que me
resta por vivir para crecer.
Si nadie crece por
uno, ¡tampoco nadie busca por uno!.
Nada hay más sublime
que cohabitar,
que desvivirse por
convivir,
que convivir para
entenderse,
que entenderse,
concebir y pensar.
Uno tiene que
concebir un corazón
en otro corazón hasta
fundirse con lo eterno.
Uno ha de pensar,
aunque solo sea para hallarse
consigo, pues quien
no quiere pensar es un ciego.
La peor ceguera es la
que nos arruina el alma.
No hay más necio que aquel
que no quiere percibir.
Tremenda la miopía
que nos deja sin sentimientos.
Yo vivo con la
esperanza de que cuando le hablo a Dios,
Dios me escucha
siempre, ¡y siempre para redimirme!.
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