Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
No
son tiempos fáciles los que se viven en muchas partes del mundo. Lo sabemos. El
mundo de la globalidad nos acerca las noticias. Mientras persisten múltiples
formas de violencia y ejecuciones, las desigualdades sociales también aumentan.
Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes, tenemos que tomar
partido por la vida, por la dignidad del ser humano, respondiendo con valentía
al aluvión de desafíos que ponen en peligro la convivencia entre las personas y
los pueblos.
A mi juicio, el punto de partida
son las garantías democráticas básicas para construir juntos. No podemos
reconducirnos solitariamente. El día que el diálogo prevalezca sobre la guerra
para resolver los discrepancias, y la fuerza del débil supere la de los
poderosos, todo será más tolerable, y la humanidad se sentirá mejor. Al fin y
al cabo, somos una especie con conciencia política, que necesitamos el
encuentro y el intercambio, el razonamiento y la reconciliación, la escucha y
el entendimiento, para crecer como personas. De ahí que nuestra acción ha de
respetar los derechos humanos, y despojarse de cualquier deseo de negocio o
promoción personal, puesto que es el bien colectivo el que ha de imperar sobre
todo lo demás.
Mejoraría la situación en el
mundo, sí la política, que está en el aire mismo que respiramos, se avivase
como un servicio social fusionado y no como un negocio, que es lo que sucede en
muchos países. La sociedad misma, toda ella, también debe participar en la
lucha por ese bien general. Nadie puede lavarse las manos. Como ciudadanos
estamos obligados a colaborar, cada uno desde su misión, a que las cosas
mejoren para todos. Ahí está la realidad de este siglo, la migración, que a
pesar de que impulsan con su trabajo la economía de los países de destino y de
origen, sin embargo, muchos de ellos nos consta que viven en condiciones
precarias, sin derecho alguno. O la falta de futuro para esa juventud bien
formada, que en este momento padece altas cifras de desempleo y está en puestos
de bajos salarios. Todas estas deficiencias políticas deben corregirse, de lo
contrario seguirá creciendo la pobreza, la inestabilidad social y la
emigración. En política uno no puede desentenderse de las minorías, uno tiene
que estar en contacto con la sociedad más débil, con los excluidos del sistema,
y tenderles la mano para que no se acaben hundiendo y puedan emerger.
Desde luego, no se puede
gobernar con la arrogancia del orgulloso; es más, se debe estar de servicio a
todas horas y con la humidad de un don nadie. Muchos de los problemas actuales
son cuestiones políticas. Unas veces, porque nadie quiere doblegarse a otras
propuestas; y, en otras ocasiones, por la falta de compromiso primario a
entendernos. Los gobernantes olvidan su tarea de servir a la ciudadanía y
también los gobernados, otras veces, olvidamos los esfuerzos que requiere estar en guardia en
todo momento para salvaguardar la quietud que nos merecemos.
Por tanto, siempre es una buena
noticia para el mundo propiciar apoyos a procesos de paz, como la conferencia
que tendrá lugar el Montreaux el próximo veintidós de enero, en este caso para
Siria, estimulando de este modo, el uso de los Derechos Humanos para las buenas
relaciones entre todos. Por consiguiente, debemos superar ciertas concepciones
erróneas, como el mito de la fuerza, del poder, o cualquier otro interés, que
envenene la vida asociada de los pueblos.
Sin duda, debe prevalecer la
pacífica convivencia, conforme a los principios humanos que nos hemos trazado
como especie. Estoy convencido de que los tiempos serán más llevaderos en la
medida que nos abramos todos hacia una causa universal, el respeto de los
derechos de los demás, y los tomemos como si fueran nuestros derechos. Evidentemente,
cada uno de nosotros, desde su tolerancia y contribución social, tiene la
responsabilidad de injertar un mundo de vida más armónico. En consecuencia, sírvase
su propia medicina, la de su vida personal, que no es aceptable si el cuerpo y
el espíritu no conviven en buena sintonía.
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