Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
No
es bueno para nadie que el mundo viva en una emergencia permanente. Las hostilidades
deben cesar y el diálogo ha de ser el gran protagonista. Con frecuencia, los
derechos humanos sufren abusos inconcebibles, y lo que es peor, los
responsables de esas injusticias apenas rinden cuentas. Ahora bien, ante esta espantosa realidad no podemos
caer en la desesperación, pero tampoco en la indiferencia. Tenemos que volver a
la normalidad, al horizonte de la convivencia humana, a restablecer nuevos
proyectos de concordia, más orientados al bien de todos y a la bondad humana.
De ahí la importancia de líderes francamente comprometidos socialmente,
dispuestos a dar lo mejor de sí por la cohesión ciudadana. Indudablemente, esto
exige de una ética individual y de una solidaridad verdadera para superar los
obstáculos que la globalización nos impone. Desde luego, a todos nos
corresponde un papel en la solución de los problemas actuales, ante las
controversias surgidas, de acuerdo con nuestras capacidades de asistencia.
El amor siempre será algo imprescindible,
también en la sociedad más justa. Siempre habrá dolor que precise consuelo,
siempre habrá sufrimiento que necesite de ayuda, siempre habrá un calvario en
soledad que precise de acompañamiento. Efectivamente, las escaladas de
violencia no cesan para desgracia nuestra. Las matanzas sectarias y las
inciviles contiendas se suceden como los días. Hace falta un clima más
armónico, pero las situaciones indignas se disparan, las luchas y divisiones
siguen más vivas que nunca. Todo se ha vuelto muy inhumano y las amenazas más
crueles se ciernen sobre las vidas de los más indefensos. Hasta la misma
contaminación atmosférica a veces nos deja sin aliento. Por consiguiente, es
hora de ponernos a salvo, de activar el sentido de la vida y de nuestra propia
existencia, de avivar la dimensión comunitaria de cada persona, con el
patrimonio de principios y valores expresados por Naciones Unidas. Quizás sea
el momento de serenarse, de afanarse si acaso en buscar de la reconciliación de
unos y de otros, a veces de uno mismo consigo mismo, de dejarse cautivar por la
rectitud, por los buenos deseos, por la paz en definitiva.
Sirva este próximo año para
sentir ese cambio de mentalidad, para forjar como valor el ser "todos
pacificadores", como ha subrayado el Papa Francisco en su primer Urbi et
orbi, para crecer en suma como personas humanas. Indudablemente, hemos de transformar muchas
actitudes, de entrada tenemos que modificar la tentación del poder por la de
servicio, y esto requiere, sin duda, tomarse
el tiempo necesario para ahondar en un auténtico diálogo interior. Realmente, es
desde dentro de cada uno como se cambia el mundo. No se puede dejar a nadie al
margen, excluido de los circuitos de la vida. He aquí un evidente deber de
justicia y de ética solidaria. Tampoco es cuestión de estar preparados para
ningún combate como algún líder vocifera, en todo caso uno tiene que preparase
para la armonía que es lo único verdaderamente interesante, capaz de
engrandecernos como especie.
Por eso es tan importante
trabajar por la justicia, y máxime en un momento como el actual, con tantas confusiones e infinitas maldades
esparcidas por personas sin escrúpulos. Que seres humanos se cosan la boca para
protestar, cuando menos debiera hacernos reflexionar. O que niños no hayan experimentado más que
violencia a lo largo de sus vidas. O que la violencia contra la mujer, que
nunca es aceptable, siga aumentando en lugar de decrecer. Ante estos
inaceptables hechos, la comunidad internacional tiene que comprometerse, cuando
menos para aminorar los desconsuelos. El mundo no puede seguir en continuo
caos, en perenne contrariedad, porque puede tener por efecto la destrucción del
mismo ser humano. Desde luego, no hay peor medicina que la que se ejerce a la
sombra de las leyes permisivas y al cobijo del calor de una interesada justicia.
Sólo la verdad en nuestras acciones, veracidad que no puede extinguirse aunque
sí eclipsarse, nos sacará de la emergencia. Que lo sepamos.
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