Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanl El Independiente
La amarga realidad está ahí, no
se puede esconder, puesto que cada día son más los ciudadanos en dificultades.
Fruto de este desconcierto, desgobierno o desorganización, hoy el mundo es más
desigual que ayer, los Estados son más frágiles, y el contexto familiar se
mueve entre la tensión del caos y de la desesperanza. Todo lo domina a su
antojo la cuestión económica, la avaricia de los mercados, el egoísmo de unos
líderes sin escrúpulos, que mienten más que hacen, tal vez porque su desvelo no
es la persona, sino el interés de sí y el de los suyos. La fuerza laboral se ha
devaluado tanto en favor de las finanzas, que los desempleados se encuentran
con un horizonte difícil para encontrar un empleo digno, ante un sector
informal e indecente, que aspira a conseguir el mayor beneficio, aunque para
ello tenga que explotar a seres humanos. Tampoco se entiende que ante esta
situación, no se amplíe la protección social para reducir la pobreza de algunas
familias. Por otra parte, mucho se habla en los últimos tiempos de la reforma
de la gobernanza financiera, sin embargo nada se dice ante la desesperada voz
de la fuerza trabajadora, totalmente hundida en muchas ocasiones.
Obviamente
el desempleo es un factor de riesgo para el suicidio. Multitud de ciudadanos
anónimos ante la falta de futuro han decidido quitarse la vida. Algo que
debiera hacer reflexionar a los diversos gobiernos. También a los ciudadanos. Indudablemente,
el mundo está cambiando y eso nos obliga a estar alerta para ajustarnos a las
nuevas circunstancias. Quizás tengamos que reinventar otro tipo de gobernanza
más efectiva. Comencemos por hacer real una mayor conciencia ciudadana de la
justicia social. Indudablemente, ante un derecho al trabajo está el deber de un
servicio eficiente, pero también el de un salario digno. Por eso, pienso que
hemos de interpelarnos sobre la mejor manera de gestionar un mundo globalizado;
pero, en este orbe, si son importantes los bienes públicos, también lo es
inculcar en la ciudadanía los valores, y así, frente al derecho a la salud,
está el deber de contribuir a un ambiente sano y limpio, o frente al derecho de
la educación, está la responsabilidad de aprovechar con eficiencia este tiempo
formativo. En síntesis, como contrapartida a un derecho está siempre presente
el sentido responsable del deber. Esto hace eco, naturalmente, a la necesidad
de generar un crecimiento más de la persona, o sea, más humano, más de todos
nosotros. Y en este sentido, el trabajo, que es un derecho y un deber simultáneamente,
juega un papel primordial en la vida del ser humano; no en vano es el mejor
revulsivo existencial que uno puede descubrir y dar.
Ahora
bien, si el desempleo es una penuria que debemos atajar socialmente, de igual
modo el empleo en precario tiene que llevarnos a profundizar sobre sus causas y
efectos, igualmente frustrantes. Es cierto que el futuro lo tenemos que forjar
entre todos, y todos unidos, lo que exige un espíritu de cooperación entre los
países. Por desgracia, los nuevos modelos de desarrollo ofrecen pocos
incentivos sociales para aminorar las injustas desigualdades que campean a sus
anchas por el planeta. Muchos jóvenes se encuentran atrapados en la más absurda
paradoja, se encuentran mejor preparados que la población de mayor edad, y, sin
embargo, tienen menos acceso a ese empleo, cada vez más escaso. Esto activa una
sensación de desesperación e injusticia de difícil reparo. Además, este
inquietante desempleo o empleo indecente, que es más de lo mismo, aparte de
generar desconfianza en las instituciones y en las políticas, es algo
destructivo, no sólo para el individuo que lo sufre, sino también para toda la
sociedad. Esta visto, pues, que la recuperación del empleo necesitará un fuerte
apoyo económico social, sobre todo mientras se siga impulsando el trabajo a
media jornada, los contratos de hoy para mañana, y la devaluación salarial.
La
situación es clara y también es claro el mensaje: no puede haber crecimiento
sin abundante empleo decente. Hasta ahora todo parece indicar que las políticas
se han encaminado hacia los que más tienen, dejando a la deriva a los que
tienen demasiado poco. Realmente me sorprende que se hable tanto de crecimiento
inclusivo, cuando es todo lo contrario, o que se hable también de mejora del
empleo, cuando los abusos están a la orden del día. Algunos gobiernos con sus
políticas no sólo han convertido el empleo en un bien escaso, sino que también
hemos retrocedido en derechos laborales a otras épocas pasadas. A todo este
injusto calvario, hay que sumarle la profunda disparidad de ingresos, un
término profundamente diferencial y que, más pronto que tarde, será el origen
de grandes conflictos. Tiempo al tiempo. Las medidas económicas no pueden
llevar a la gente de menor poder adquisitivo al borde del abismo. Cuidado con
el estallido social, que puede actuar como efecto contagio en un mundo global. Por
consiguiente, creo que debemos, con relativa urgencia, poner otros lenguajes
más verdaderos en los diálogos, otros horizontes con sólidas redes de
protección social, con salarios mínimos y máximos, una mejor rendición de
cuentas en el sector público y un más atinado discurso de prioridades, entre
las que debe estar el empleo.
Francamente,
un país que es incapaz de generar puestos de trabajo no puede avanzar, puesto
que es el principal vínculo entre el sistema económico y el desarrollo social. Resulta
verdaderamente un revés que algunas políticas, en lugar de fomentar empleos, lo
destruyan. Hoy más que nunca se necesita otorgar al empleo un lugar preferente
en toda agenda política, nacional e internacional, habida cuenta de su carácter
primordial en la integración social. No hay otra manera de salir de la
marginalidad. De ahí, la importancia de universalizar la búsqueda de empleo a
través de mercados laborales que estén controlados, no dejando margen para la
especulación, buscando el equilibrio entre la seguridad que se debe proporcionar
a los trabajadores, que hallan en el trabajo su principal medio de vida, y la
flexibilidad que reclama este mundo cambiante. A mi manera de ver, habrá que
diversificar la producción, para que el empleo de calidad se avive, y no sea un
bien insuficiente para los ciudadanos que habitan en algunas partes del
planeta.
En
consecuencia, y a modo de conclusión, el que las fuentes de trabajo disminuyan
es todo un problema, con su secuela de efectos negativos a nivel individual y
social. Aparte de ser una desgracia personal, que conlleva desde la falta de
realización de la persona a su propia subsistencia, es una cuestión que nos
afecta a todos socialmente, en la medida que puede convertirse en una verdadera
calamidad social. No lo será tanto, si
se logra un crecimiento más equitativo. Se trata de una mayor distribución de
lo que tenemos, pero también de que los gobiernos traten de encontrar
soluciones innovadoras para resolver la crisis del desempleo, a través de
planes de asistencia o de formación. Sin duda, la recuperación del empleo de
calidad y sustentable tienen que ser posible y, cuanto antes, mejor. No hay
otro modo de lograr un mínimo de bienestar para todos, que no sea velar para
que la fuerza laboral alcance al cien
por cien de la ciudadanía en edad de merecerla y desarrollarla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario