Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
En
el voluminoso libro de la humanidad subsiste una gran lección, incapaz de
borrarla época alguna, y es que nadie hace por sí mismo nada solo. Está visto
que nos nutrimos unos de otros y, evidentemente, ningún país es una isla, todo
repercute en todos, de ahí que necesitamos verdaderas alianzas sociales,
políticas, económicas y también humanas. La unión se precisa para cualquier
actividad, es esencial la conjunción de esfuerzos en la vida cotidiana de cada
día, y también es básico propiciar esa búsqueda de unidad con el diálogo.
La mirada dirigida hacia el
futuro, indudablemente debe hacernos recapacitar, sobre todo, para asegurarnos
de que el espíritu democrático es el que mueve nuestros corazones en la
construcción de los Estados sociales y de derecho. Para este objetivo asimismo
precisamos una verdadera unión política y, para ello, los ciudadanos deberán
expresarse, no sólo con la mera participación el día de las votaciones, también
desde el asociacionismo de barrio, o a través de otros colectivos, han de
avivar el entusiasmo por un servicio social permanente, acorde con las
necesidades del lugar.
Aunque nos parezca un imposible,
tenemos que establecer un final para la sinrazón y comenzar un tiempo nuevo de más
autenticidad entre toda la familia humana. Parte de este momento naciente
esperanzador ya ha comenzado con la eliminación de armas químicas en Siria. Han
de continuar nuevos gestos, hasta que brille un clima armónico para toda la
especie. Lo dijo Amado Nervo, en su tiempo: "Hay algo tan necesario como
el pan de cada día, y es la paz de cada día; la paz sin la cual el mismo pan es
amargo". No es tan difícil cultivar
ese estado de armonía, a veces con una sonrisa es suficiente para engrandecer
un mundo.
Ciertamente, hemos de desterrar
de nuestros caminos el gesto de amargura
que cultivamos más de lo que debemos, y pensar que somos capaces de hacer germinar otros
cultivos más esperanzadores, venciendo las dificultades que inevitablemente se
encuentra uno a lo largo de la vida. Desde luego, la acción del ser humano
tiene que edificarse desde el compromiso más generoso y colectivo, abriendo las
puertas a la vida y mostrando una mano tendida a los que buscan otros
horizontes, huyendo de la pobreza, de un conflicto armado o de la degradación
del medio ambiente. No se puede permanecer insensible a su lucha por la
supervivencia. Podíamos haber sido cualquiera de nosotros.
Por desgracia, cada día son más
el número de desplazados, por necesidad o violencia, que llaman al corazón de
la humanidad. Debiera ser prioritario en todas las naciones escucharse unos a
otros. Por muy triste que sea la realidad, tengo la convicción que ningún país
puede actuar independientemente, despreocupándose del espíritu solidario,
siendo cada vez más necesaria la urgente acción de integrar acuerdos
bilaterales o multilaterales en programas de colaboración mundial. Téngase en
cuenta que ningún ser humano puede ser autosuficiente, algo completo por sí
mismo, somos una parte de un conjunto, y como tales hemos de actuar, con ánimo
comunitario.
Por eso es vital un cambio
radical de perspectiva; ante todo debe prevalecer el bien colectivo de toda la
especie humana, concretado en el reconocimiento de los derechos humanos, con
las exigencias éticas y jurídicas derivadas de la misma, lo que ha de conllevar
el deber de garantizar el derecho a la asistencia humana de tantos excluidos y
marginados. Indudablemente, la familia humana ha de mirar a estos pobres no
como un problema, sino como una gran ocasión para activar una reorientación más
cooperada y cooperativista. Siguiendo esta gramática inscrita en el corazón
humano, de trabajar unidos y de sembrar la unidad, no habrá obstáculos que se
nos resistan. Sólo cuando la moral se reduce a nada, las fuerzas que conforman
una especie se debilitan tanto, que el desconcierto y la desorganización se
sirven en bandeja.
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