Autor: Víctor Corcoba Herrero, colaborador del semanal El Independiente
Nuestra época es dramática y al mismo tiempo fascinante. Mientras por
un lado los seres humanos dan la impresión de andar sumergidos en la
incertidumbre, otros manifiestan apasionadamente sus deseos de búsqueda, más
allá del materialismo consumista, mostrando un ansia de interioridad, un afán
de fundirse con la tradición y las raíces, una inquietud verdaderamente
sorprendente por los ambientes de espiritualidad y recogimiento.
Está visto que no
sólo en las culturas impregnadas de religiosidad, sino también en las
sociedades secularizadas, se ha despertado una necesidad por la dimensión
espiritual de la vida, quizás como antídoto al clima de deshumanización que
vivimos. Estoy convencido que el vacío espiritual que mina la sociedad de hoy,
es ante todo un vacío educativo. Precisamente, ahí está el patrimonio heredado
del pasado, instándonos a meditar sobre las diferentes formas artísticas, o los
mismos descubrimientos científicos, manifestando siempre la fuerza creativa del
genio humano, trascendiendo a veces la propia realidad.
Jamás la especie
humana tuvo a su disposición tanta formación, sin embargo gran parte de la
humanidad sufre miseria y desconsuelo. Lo mismo sucede con la libertad, nunca
se ha tenido un sentido tan reivindicativo del término como el momento presente,
y aún así, surgen nuevas formas de esclavitud social y psicológica. Igual
ocurre con la justicia, en ocasiones no pasa de ser un escaparate de
apariencias. Ciertamente, nos movemos en los exteriores, eso sí con frenéticas
actividades, mientras perdemos el gusto por el silencio y la contemplación. Con
demasiada frecuencia, somos arrogantes y esa absurda altanería nos impide
abrirnos a un mundo donde la afectividad debiera iluminar nuestros pasos.
Un ser humano
endiosado no puede inspirar afecto alguno, puesto que él mismo con su orgullosa
actitud cierra todas las puertas. Sería bueno, por consiguiente, que nos
educaran en el valor del espíritu interior. Es evidente que la educación,
cuando en verdad lo es de manera integral, salva vidas y ayuda a restaurar esa
calidad existencial que todos nos merecemos. El camino del gozo va hacia el
interior, no lo olvidemos, es en nosotros, y no en otra parte, donde se
encuentra el verdadero sosiego. Con razón, la parte más importante de la
educación del ser humano es aquella que él mismo se injerta del asombro, de la
exploración de sí, de la indagación de lo que le rodea.
Por desgracia, las
deficiencias educativas están por doquier lugar, haciendo un mal enorme. Al
parecer, un 10% del gasto mundial en enseñanza primaria se pierde en educación de
mala calidad, según un reciente documento divulgado por la UNESCO. Una pena. En
todo caso, pensando en la idea Platoniana de que "el objetivo de la
educación es la virtud y el deseo de convertirse en un buen ciudadano",
creo que es necesario proveer a las personas de conocimientos básicos, pero
sobre todo de actitudes humanas que nos fraternicen. Un espíritu fraterno todo
lo entiende y además lo comprende, que es lo verdaderamente cohabitable. Con
eso nos basta para convivir, la gran asignatura pendiente.
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