Autor: Víctor Corcoba Herrero
Los
profesionales coinciden que la dependencia no es un delito, sino una
enfermedad, y que los verdaderos delincuentes son los que comercian y
trafican con las drogas. Naturalmente, los gobiernos de los diversos
países tienen la responsabilidad de impedir este ilegítimo
comercio; pero también, la sociedad en su conjunto, tiene la
obligación de despertar conciencias sobre los peligros del consumo
de los estupefacientes. Con urgencia, pienso que debemos abordar este
vergonzoso mercado, sobre todo reforzando la prevención, el
tratamiento y la atención de la persona adicta. Si no hubiese
demanda, tampoco habría oferta.
Por
desgracia, el mundo de las adicciones ha ido a más, en parte por ese
rechazo a seres humanos enfermos, totalmente desprotegidos, sin
ningún proyecto de vida. Por tanto, junto a los proyectos
preventivos de información deben coaligarse otros de orientación,
para que en el momento de enfrentarse a la realidad cotidiana se
tengan experiencias más apegadas al contexto y sean más efectivas.
El fracaso escolar, la desestructuración familiar, los problemas
laborales, personales, de salud y sociales, suelen ser verdaderos
trampolines hacia el consumo de sustancias psicoactivas, descripción
que abarca tanto al alcohol y al tabaco como otras obtenidas a partir
de productos químicos, y que nos modifican nuestra manera de ser y
de actuar.
Desde
luego, la humanidad tiene que avivar estilos de vida más saludables
para todas las personas, favorecer acuerdos de mínimos para una
verdadera interacción social y estimular cauces de comunicación
mediante la promoción de un ocio sano. Para conseguir avances, no
hay mejor manera de propiciarlo, que con la participación de los
jóvenes, puesto que tienen ideas y soluciones, únicamente hay que
escucharles. Además los chavales suelen ser más efectivos a la hora
de transmitir mensajes de prevención a otros jóvenes con su misma
sensibilidad cultural, ya que comparten experiencias similares en
lugares comunes.
En
estos momentos cohabita la enfermedad de la maldita adicción con el
negocio, de ahí la necesidad de reforzar compromisos mundiales de
salud y derechos humanos. La responsabilidad ha de ser compartida
para salir de la espiral de violencia y conseguir la autonomía de la
persona. Causa verdadero dolor saber que el filón de la droga sea
uno de los más rentables. La comunidad internacional debería actuar
con más rotundidad ante este funesto problema mundial, que además
financia terror y sirve para el lavado de activos, siendo el causante
de tantas existencias arruinadas en vida. Por consiguiente,
considero, que el período extraordinario de sesiones de la Asamblea
General sobre el problema mundial de las drogas que, se celebrará en
2016, puede ser una extraordinaria oportunidad de avanzar en
soluciones, analizando nuevas formas de enfrentar la cuestión del
narcotráfico, por otra parte, cada vez más compleja.
Sin
duda, será el momento de adoptar medidas mucho más concertadas ante
el gran número de sustancias psicoactivas, no aptas para el consumo
humano, que transitan por las redes con una apariencia de legalidad
que no es tal. La mezcla de estas potingues de diseño, que a veces
se compran sin saber sus consecuencias, ya han tenido resultados
desastrosos sobre todo entre la juventud, dispuesta a probarlo todo.
Aún son muchas las personas en el mundo que no cuentan con
información adecuada sobre los efectos de las drogas. Por eso,
debemos esforzarnos por conseguir un mayor nivel de conciencia para
prevenir el uso indebido de algo que tiene efectos devastadores. En
este sentido, tenemos que hablar claro y la gente ha de entender que
son ilegales porque ocasionan problemas de salud física y mental a
quien consume, aparte de otros problemas sociales y familiares que
genera.
Para
decir no a la droga, obviamente hay que convencer primero, prestando
la asistencia necesaria después. Se trata de reconstruir vidas con
lo eso conlleva de donación. De igual modo, se debería abordar de
forma urgente el tráfico de drogas que se realiza por rutas
marítimas, así como por cualquier otra de las vías terrestres o
aéreas, lo que exige un marco de cooperación entre los diversos
Estados, con el compromiso de sustituir los cultivos ilícitos por
programas de desarrollo alternativos, la reducción de la demanda con
énfasis en los servicios de salud pública, y de activar los
esfuerzos para acabar con la comercialización de estas sustancias.
No olvidemos que el tráfico de drogas es un comercio ilícito global
que involucra tanto el cultivo como la fabricación, distribución y
venta.
Evidentemente,
debemos romper, sin miramiento alguno, este ciclo destructivo con el
fin de proteger el derecho innato de las personas a un modo de vida
autónoma y saludable, lejos de este comercio, que no sólo nos
atrofia, también nos mata. El consumo de drogas, no es un juego de
niños. Cada vez más jóvenes están expuestos al riesgo de "ser
cazados", en parte por la creciente disponibilidad de sustancias
peligrosas. En este sentido, hasta el Papa Francisco acaba de
vociferar un "no rotundo a las drogas". Lo hizo, al recibir
en audiencia a los participantes en la XXXI Conferencia Internacional
contra el Narcotráfico, que ha tenido lugar en Roma del 17 al 19 de
junio: "no a cualquier tipo de droga. Pero para decir este no,
hay que decir sí a la vida, sí al amor, sí a los demás, sí a la
educación, sí al deporte, sí al trabajo, sí a más oportunidades
de trabajo". Asimismo, UNODC, un líder global en la lucha
contra las drogas ilícitas y la delincuencia internacional, creado
en 1997 a través de una fusión entre el programa de las Naciones
Unidas y el Centro para la Prevención Internacional del Delito, basa
su enfoque en resultados científicos para convencer a los jóvenes a
no usar drogas ilícitas, a las personas dependientes de drogas a
buscar tratamiento y a los gobiernos, para que vean en el consumo de
drogas, un problema de salud.
En
todo caso, está visto que con las drogas todos perdemos. Se
menoscaba la gobernanza, las instituciones. Los traficantes suelen
buscar rutas en las que el estado de derecho es débil, dejándose
corromper fácilmente. Se daña a la persona hasta el extremo de
perder su propia autonomía, volviéndose dependiente de un vicio que
le conduce a la muerte. Sin duda, alguien gana, sí alguien, el
nefasto mal, gestado por los traficantes de muertes, destructores de
tantas vidas inocentes. Ha llegado, pues, el momento de que
digamos:¡basta!
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