Autor: Víctor Corcoba Herrero
Cada
día son más los obligados a desplazarse por el mundo. Unos lo hacen
por subsistencia, otros porque las guerras no cesan y buscan refugio,
algunos huyendo de los desastres naturales, mientras también los hay
que caminan forzados por su afán aventurero. El ser humano es un ser
dotado para moverse de acá para allá. Cierto. Somos andariegos por
naturaleza. Lo peor es cuando uno huye porque no le queda otra salida
para poder seguir viviendo. Este es el problema, el de la
desesperación que te fuerza a deambular sin rumbo fijo. Por
desdicha, cada día son más los seres humanos que huyen hasta de sus
propios hogares, porque dentro de su misma casa vive el autor de sus
calvarios.
Lógicamente,
moverse se ha convertido en una cuestión de vida para muchas
personas. Esto es lo trágico. En consecuencia, se precisa una gran
solidaridad en el mundo para acoger a tanto desterrado, para ponerlo
a salvo y que pueda sentirse protegido por sus semejantes.
Precisamente, en este mes de junio (el día 20), Naciones Unidas nos
llama a celebrar el día mundial de los Refugiados, en un momento en
que millones de mortales alrededor del mundo están siendo forzados a
desaparecer de sus moradas debido a la guerra o a violaciones contra
derechos humanos. Podíamos ser cualquiera de nosotros, por eso la
comunidad internacional, a mi juicio, debe intensificar aún más los
esfuerzos para que las personas puedan acoplarse a un nuevo
horizonte, y más pronto que tarde, regresar a sus entornos aquellos
que lo deseen y sí las condiciones lo justifican.
En este sentido, tenemos que
aplaudir la generosidad de algunos países de acogida, los cuales
vienen haciendo importantes esfuerzos por adoptar espacios propicios
para el desarrollo multicultural, adaptándose a otras costumbres,
conviviendo y compartiendo espacios comunes, mediante el acceso a los
servicios públicos. Muchas personas no tienen otra opción que la
desbandada, pero cualquiera de nosotros sí que tenemos la opción de
auxiliarles, de ponernos a disposición para hacerles la vida cuando
menos más fácil. Generalmente llegan desnutridos, hambrientos de
paz y tiritando de miedo, a la espera de un abrazo que les de fuerza
para olvidarse del desconcierto vivido. Son víctimas de tantas
crueldades que una mirada de consuelo les alienta como el mejor
manjar. Vienen de una larga e intensa lucha, con casi ninguna
pertenencia, implorando comprensión y tolerancia. Están hartos de
tantas hostilidades. Para ellos, somos la esperanza y también el
temor a no ser comprendidos. En cualquier caso, no le trunquemos el
sueño de preservar su libertad para sobrevivir, rehaciendo su vida
destruida, alejada de su entorno o retornando a él.
La historia de cada desplazado
es distinta, pero a todos les une un mismo afán, superar la
adversidad y construir un futuro más digno. Verdaderamente son
personas cargadas de valor, crecidas de valentía, con un tesón y
una templanza admirables. Saben que el mundo no es destrucción, que
la victoria más dura es la dominio sobre uno mismo, y se mueven
deseosos de reencontrar un hábitat propicio para reiniciar una nueva
aventura, que eso en parte también es vida. A pesar de tener muchas
veces casi todo en su contra, los desplazados suelen conquistar el
propio recelo para levantar vuelo tras las caídas. Tiene mérito no
dejarse vencer y aspirar a renovados compartimentos de luz después
de tantas noches.
Al fin somos vida y deseamos
vivir como sea, como la mañana o el atardecer, como el futuro de un
niño que todavía no ha nacido, o como los amantes que se dejan
abrazar al cobijo de la luna. Naturalmente, nadie puede ignorar la
presencia del que vive, más si es un ser humano sabiendo que consigo
se revive el alma por muy enlutadas que las atmósferas crezcan. No
necesitamos islas, palacios ni torres, pero si sentirnos acompañados
por la entereza. Nadie llega a la cumbre custodiado por la cobardía.
Evidentemente, esta grandeza pasional se refiere al espíritu del
ser, a su expresión de bondad y bien en los instantes más
cotidianos. Algo necesario a potenciar, sobre todo en las personas
que malviven entre sombras, sin sustento y sin derechos, tan sólo
esperando una mano que les ayude a reconquistar los anhelos perdidos.
Nos consta, que en la actualidad
hay multitud de personas abandonadas a su suerte, por lo que el
compromiso ha de ser mayor. Se precisa gente con coraje, dispuesta a
darlo todo por tantas gentes desatendidas. Tenemos multitud de
familias separadas por las guerras, desunidas por el caos y, lo que
es aún peor, desorientadas, sin saber qué rumbo tomar. He aquí la
raíz del mal. La lucha del ser humano contra los propios suyos,
contra su mismo linaje. Esto nos debe hacer recapacitar en quién
está detrás, a quién le interesa que suceda este desbarajuste, y
por qué sucede este hervidero de tormentos. ¿Dónde está el
impulso compasivo de ayudar a nuestros análogos? En ocasiones,
parece que hemos perdido sensibilidad ante tantas noticias
desgarradoras, como estas historias de desplazados forzosos que
apenas nos conmocionan, pero que están ahí, solicitando nuestra
asistencia.
Realmente, cuesta entender que
mucha gente tenga que irse porque pasa hambre. Muchas no pueden
reponerse y mueren en el intento, en ruta porque el cauce es largo
para tanta debilidad. Tampoco suelen llegar medicamentos para
socorrerles. Me imagino el dolor de los médicos que no pueden salvar
vidas por falta de recursos. ¿Cómo puede pasar esto una y otra vez?
Son historias que se repiten, son realidades que se van y vuelven,
porque el ser humano por muchos avances que haya cosechado, ha dejado
la más importante, la de vivir unidos, respetando las diferencias.
La hospitalidad con el que nada tiene es otra de las asignaturas
pendientes.
Indudablemente, faltan gestos de
fraternidad y comprensión, mientras sobran discriminaciones y
retrocesos. Por desgracia, en el mundo nos gobierna una cultura que
verdaderamente es poco acogedora, donde proliferan los antagonismos
en lugar de las concordias, y tremendamente interesada, lo que
facilita que sea un fenómeno en continua expansión el tema de los
desplazados forzosos. Sin duda, la tarea es cada vez más necesaria.
Hay que dar respuestas concretas de cercanía y acompañamiento a
seres humanos que viven situaciones monstruosas. Algo que nos debe
interpelar continuamente.
Muchos grupos insurgentes o
gobiernos represivos vienen cometiendo verdaderas atrocidades que han
de cesar lo antes posible. Esto ocasiona persecución y violencia
hasta el extremo de un aluvión de huidas forzadas. Algunos no tienen
más remedio que utilizar a los traficantes para llegar de forma
irregular y ponerse a salvo en países seguros. Aunque este drama
viene de lejos, hasta el punto de haberse creado el Alto Comisionado
de las Naciones para los Refugiados, no debemos perder la ilusión de
seguir el camino de la auténtica integración, con una perspectiva
mucho más abierta, en un marco de auténtico entendimiento y
benevolencia. En suma, que amar no es únicamente suspirar por
alguien, es sobre todo acariciar con la mirada y comprender
respetando.
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