Autor: Víctor Corcoba Herrero
Por
consiguiente, hay colectivos que han de tener una atención
preferente, lo que conlleva aumentar el apoyo exterior educativo,
como imperativo ético y de desarrollo. Nada más necio, pues, que la
ayuda a la educación en el mundo haya disminuido en un 10% desde
2010. Naturalmente, las razones para invertir en la educación no
pueden ser más claras. Está visto que las naciones no pueden
prosperar sin una mano de obra educada, sin ciudadanos informados y
comprometidos. Por otra parte, la educación permite luchar contra la
tremenda desigualdad y mejorar las condiciones sanitarias. Países
con niveles de educación más altos son menos propensos a la
inestabilidad y a los conflictos, mientras la paridad de género en
la educación está estrechamente ligada al crecimiento económico.
Se da la paradoja que aún el derecho a la educación,
particularmente para niñas, todavía se deniega a menudo, a veces
violentamente y, en otras ocasiones, con la irresponsabilidad de las
familias e instituciones. En consecuencia, nos llena de esperanza y
alegría, que se pida un mayor interés por la escolarización desde
diversos colectivos internacionales. Bravo por esas gentes de bien,
que en medio de los problemas, reivindican el amor por la escuela.
En
estos tiempos, en que todo se ha globalizado, causa verdadero dolor,
que por falta de financiación se ralentice el objetivo del Milenio
de lograr la educación primaria universal en todo el planeta.
Tenemos que lograr esa meta, la de conseguir que las niñas y niños
de todo el mundo puedan terminar un ciclo completo de enseñanza
primaria. Por desgracia, el abandono escolar sigue alcanzando cotas
altísimas. Otros niños trabajan a tiempo completo y no tienen ni
tiempo para jugar. Hemos de aprender a que mayores y pequeños se
apasionen por la escuela. Nos interesa a todos esa apertura al
conocimiento, al corazón de la realidad, al alma de los horizontes.
Ir a la escuela es algo más que ir a un centro educativo, conlleva
abrirnos a otros universos a través de la mente, comprender que todo
tiene su lenguaje, y poder alcanzar a vislumbrar que el respeto es
preciso en todo lugar de encuentro. Porque, efectivamente, todos
nosotros estamos en camino, poniendo en marcha un proceso de
realización, realizando un camino apasionante, creciendo junto al
camino, recreándonos con el camino, conviviendo con el camino.
De
esta manera, en la escuela no aprendemos únicamente contenidos, sino
que también asimilamos hábitos y valores. Cuestión vital, sobre
todo para adquirir actitudes de discernimiento, para poder abrirnos a
la plenitud de la vida. Con razón, la familia y la escuela jamás
van contrapuestas, se complementan y esto es muy importante para
poder avanzar. No olvidemos que el futuro está en los niños que van
a la escuela, está en su entusiasmo, en las ganas por aprender para
contribuir a acrecentar la armonía entre unos y otros.
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